Ojalá todos los deportes combatiesen el racismo con la contundencia de los eSports

Mucho se ha hablado de Overwatch, del caldo de cultivo que está propiciando en torno al inclusivismo y la pluralidad cultural, a favor de esta máxima como bandera. No en vano la propia Bungie, madre de Halo y Destiny, está luchando por impregnar a su comunidad de una imagen similar.

Jugadores como Matt ‘Dellor’ Vaughn, uno de los mejores proplayers en la escena competitiva de Overwatch, fue expulsado irrevocablemente de Toronto eSports por una actuación desproporcionada y racista. Pero no todos los deportes gozan de una directiva tan preocupada por su comunidad.

Comenzando una revolución

Un partido puede ser el primer motín para una revuelta social. Como ya retrató John McPee en su imprescindible ‘Levels of the Game’, el verano que asesinaban a Martin Luther King, Arthur Ashe, hijo de un sueño familiar, familia negra y pobre, vencía a Tom Okker en el Open de Estados Unidos.

Ese mismo año lograba para el país la Copa Davis, con ayuda de Clark Graebner —blanco y consecuencia directa de una familia acomodada—. Lo que para uno era una batalla por los derechos de los deportistas afroamericanos, para otro era un mero trámite empachado de tradición. Ashe nunca se rindió y, aunque no llegó a ser número 1 mundial, así fue considerado por la ATP durante el año 1975 gracias a sus enormes méritos como deportista, tanto dentro como fuera del juego.

¿Son sólo juegos?

Los videojuegos sólo eran juguetes. Y los juegos, sólo eso, meros entretenimientos. A Nintendo le costó bastante entender que fuera de la estructura familiar caucásica y heteropatriarcal existían fans y jugadores devotos de su plataforma. Su branding tuvo que aprender a adaptarse por las bravas.

Sobre los jugadores de eSports flota ese adagio, un sentimiento de inferioridad, como si al fin y al cabo esos jóvenes están distraídos con sus maquinitas, haciendo algo de menor calado social que el basket o el fútbol. Por esto mismo los eSports son el perfecto sustrato para educar y dar ejemplo.

El racismo sigue presente en los eSports. De hecho, la comunidad de Overwatch también cuenta con muchos puntos negros, profesionales que no se molestan en colaborar y sólo quieren mejorar sus estadísticas personales o jugadores simple y llanamente tóxicos. Pero las consecuencias son implacables. Es capital dar una lección y mostrar a los jóvenes unos valores de convivencia. Unos valores que otros deportes siguen sin mostrar.

Encestado sobre un campo minado

El racismo existe sobre cualquier estrato competitivo, no es ninguna entelequia. LeBron James, icono de los Cleveland Cavaliers, fue víctima de ataques en la mismísima puerta de su casa. Una estrella, un tipo famoso con dinero y buena posición social, tuvo que aguantar cómo un puñado de vándalos dibujaba un ‘nigger’ en la fachada de su hogar. Ya decía Carmelo Anthony que «el sistema está roto, la violencia no es un fenómeno nuevo».

Por fortuna, Adam Silver, comisionado de la NBA, siempre ha expresado que la liga tiene tolerancia cero para la xenofobia. La analogía de Silver fue bastante resolutiva: «cuando se tiene el mínimo indicio de que existe un cáncer, se corta de raíz para tratar de erradicarlo».

Donald Sterling, propietario de Ángeles Clippers, acabó destituido «de por vida» y multado a pagar 2,5 millones de dólares tras declarar que no pensaba posar con negros, que bastante hacía con darles ropa y comida.

Peor suerte corre el fútbol, donde los actos más salvajes campan a sus anchas con la venia de directivas. Abusos sexuales, agravios contra compañeros de equipo, incluso fraude fiscal: Messi, condenado a 21 meses de prisión, recibió por parte del club una campaña de apoyo. Cristiano Ronaldo, tras estafar a la Hacienda Pública, recibió un Change.org para que se le perdonase la condena.

Y no hace falta dirigirse hacia altas instancias e instituciones populares: la propia Federación de Fútbol de Castilla-La Mancha, y contradiciendo la acción del árbitro que expulsó al jugador implicado, no consideró que un «puto mono de mierda» fuese un agravio racista. Tras un consejo de apelación se estimó que el improperio era algo propio del campo de fútbol, nada más.

Y así llegamos a escenarios como el del jugador brasileño Luiz llorando por los insultos racistas arrojados desde la grada del Partizan de Belgrado.

Chinito «lacatone»

Reducir rasgos faciales y confundir chino con japonés, koreano o vietnamita. Ridiculizar la fonética de uno u otro idioma. Podemos denominarlo de muchas formas pero hay una, de sólo tres sílabas, bastante certera: racismo.

Diego ‘Vendetta’ Ramirez y Bastian ‘Elmo’ Guzmán eran dos casters que, en pleno Palau Sant Jordi y frente al All-Star Barcelona 2016 de League of Legends, empezaron con los comentarios que siguen, mientras el Bae ‘Bengi’ Seong-woong caía derrotado en el Uno para Todos.

El resultado de esta escena fue contundente. El manager de la retransmisión se disculpó y emitió un comunicado en el que notificaron de la rescisión de los servicios de ambos comentaristas. No hubo más literatura y la situación no trascendió gracias a una actuación rápida y fulminante, a la vez que aprovechaban para denunciar cualquier forma de acto racista.

No soy racista, pero

League of Legends cuenta con un larguísimo historial de casos de xenofobia, islamofobia y racismo en distintos grados. Y eso que pocos juegos pueden presumir de una internacionalización mayor.

Todos recordamos, por desgracia, aquel «odio a los musulmanes» del jugador polaco Szymon “Guru” Nieciąg, zerg en StarCraft II. En mitad de una partida que estaba siendo retransmitida en directo se le fue la mano y la lengua. El club que patrocinaba al jugador, True eSports, lanzó un tweet lapidario en el que notificaba que de efecto inmediato Guru ya no formaba parte del equipo.

Algo similar le sucedió al jugador profesional Felipe ‘YoDa’ Noronha. En el competitivo desde 2013, el jugador brasileño recibió un correctivo bastante severo cuando su club, Red Canids, decidió rescindir contrato por una serie de comentarios racistas. El jugador intentó disculparse y aseveró que él no era racista, pero las palabras tienen un peso y ese peso cuelga como un galón sobre su carrera.

Ante estos escenarios existen dos modos de proceder: de forma tibia, calma, dejando en suspenso la situación hasta que las aguas se relajen y todo el mundo se olvide. O cortando por lo sano, sancionando la toxicidad de forma explícita y dejando claro, sin subterfugios, que comportamientos semejantes no tienen cabida.

Siempre existe el derecho a réplica, siempre se podrán reinterpretar esos datos, pero debemos recordar que la inacción es un posicionamiento. Dicho de otra forma: el único debate que tiene cabida es el que orbita en torno al tipo de castigo. Ojalá el resto de deportes se den cuenta pronto y combatan estas situaciones con idéntica severidad.

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