Cómo un disco SSD puede cambiar tu forma de jugar sin que te des cuenta

Si hablamos de “discos duros”, lo que en su nomenclatura se denomina HDD, en realidad nos estamos remontando a una tecnología que data de los años 50. El primer disco duro industrial fue, de hecho, el Ramac I, presentado dentro de una computadora IBM 350 durante la primavera de 1956. Pesaba nada menos que una tonelada y apenas contenía una capacidad de 5MB.

Mucho han cambiado las cosas: la miniaturización se ha impuesto, las válvulas de vacío han sido sustituidas por discos contiguos y el rendimiento ha multiplicado la forma en la que almacenamos y manipulamos información digital. Pero seguimos partiendo del mismo principio: los discos mecánicos están obsoletos.

El dilema de los SSD

Entonces llegaron las unidades de estado sólido o SSD (acrónimo inglés de Solid-State Drive). Estas pueden componerse de memoria volátil o no volátil. Las celdas de memoria no volátil son aquellas que graban los datos en chips de memoria flash, permitiendo un acceso mucho más rápido y menos cuellos de botella en las lecturas.

Al no contar con partes móviles ni mecánicas, éstos consumen menos energía y son físicamente más duraderos. Menos energía es sinónimo de menor recalentamiento, lo que ayuda a conservar la integridad del equipo y reduce tanto las emisiones de carbono como la necesidad de disipar el excedente de temperatura.

Por desgracia, el coste por GB aún hoy es bastante elevado, en una proporción de 3 a 1 respecto a la tecnología HDD. Aunque la reducción de estos costes es constante. Su vida útil, por otro lado, depende de la cantidad de lecturas y escrituras realizadas sobre el disco.

Silencio, se juega

Jugar a veces se vuelve un poco ruidoso.

Sí, podemos esgrimir que la refrigeración líquida puede resolver la mayor parte de nuestros problemas, pero la realidad es que a veces jugaremos bajo condiciones poco favorables, en pleno verano y con el equipo arrinconado en el suelo o pegado a nuestras piernas.

Los viejos discos HDD están compuestos por piezas mecánicas: los discos rígidos se magnetizan con la información y un eje hace girar cada plato a gran velocidad. En cada plato, un cabezal de lectura y escritura, con forma de aguja láser, se encarga de grabar o borrar los distintos datos, los que provoca unos característicos sonidos. Aunque más bien deberíamos llamarlos ruidos.

Los discos de estado sólido no hacen ruido. Así de simple. Su ruido viene determinado por la tensión eléctrica, pero en ningún caso amontonan decibelios de forma redundante. Tener apilados cinco SSD no equivale a tener cinco HDD, en ningún caso.

Seguridad ante todo

Los detractores de los discos de estado sólido esgrimen que sus celdas sólo pueden reescribirse un número limitado de veces. Este número ha ido en constante aumento desde el apogeo de los SSD. Por contra, los discos duros mecánicos han apostado por una mayor densidad y un simple movimiento agresivo de la aguja lectura puede acabar dañando una gran cantidad de datos.

Cuanto más finos son los HDD y cuanta mayor es la densidad de lectura y escritura, mayor espacio físico tendrán. Pero aquí surge el primer problema: a mayor densidad, mayor riesgo en caso de accidente, ya que se perderían ingentes cantidades de archivos con un simple movimiento.

Los SSD, en cambio, cuentan con un enorme margen de crecimiento. Su margen de crecimiento es mayor y su seguridad mucho más robusta. Son aliados perfectos para garantizar la integridad de nuestros datos. Y cuando deseamos borrar un archivo, ese archivo se va para simple. De una doble pasada ya no tendremos que preocuparnos por robos de datos.

Una clave adicional: los SSD no está afectados por el magnetismo. El borrado de datos es mucho más seguro porque archivos no se fragmentan ni terminan desperdigados por el disco. En un SSD la fragmentación, sencillamente, no existe. Cada archivo ocupa un lugar inamovible y cada sección es propia.

Tasas de velocidad

Las comparaciones más interesantes vienen siempre determinadas por la velocidad, tanto de lectura como en escritura.

Si de velocidad hablamos, juegos como League of Legends pasan de tener una carga de casi dos minutos a una de apenas 30 segundos. El shooter de Blizzard ‘Overwatch’ cambia su disposición de arranque de 41 segundos de media hacia unos escasos 18 segundos.

Los tiempos de arranque de un OS (un sistema operativo) pasan a durar la mitad y hasta una tercera parte en algunos casos. De 16-20 segundos se reducen hasta unos 6-8 segundos si nos remitimos a Windows 10. La transferencia de datos también pasa de una estimación de entre 50 y 150 MB por segundo hasta unos ratios de 250 a 550 MB/s en los discos más sencillos y hasta 1GB/s y 1.5GB/s en los modelos actuales.

Siempre andamos quejándonos de la lentitud de nuestros equipos, del arranque de algunos juegos, pero está más que comprobado que la velocidad de carga en discos SSD es mucho menor por un sencillo factor: a cualquier sistema informático le cuesta mucho menos leer información si esta está contenida en una memoria sólida.

Y esto es algo que vas a notar en todos los procesos de tus videojuegos: instalaciones y parches, actualizaciones en carga de texturas, rendimiento online, etcétera. Incluso, al tener un mayor tamaño de buffer, la distancia de dibujado y la ejecución de comandos en multijugador puede llegar a ser ostensiblemente superior. Lo que decantará la balanza a tu favor.

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